Buenas,
¿A qué tanta sinceridad mal entendida? Si fueras capaz de escribirme una carta en la que dijeras eso que susurras al teléfono, haría meses que no hubiese dejado pasar ni un día más sin decirte que te quiero. Sé perfectamente que cada vez que te llamo puta mis ojos dicen te amo.
Desde hace tres días busco en las páginas de Internet un anuncio en que pidan voluntarios para inocularse la vacuna contra la desidia. ¿Me crees capaz de conducir mi propio coche? Pues desde mañana me sacaré la licencia para producir muerte y desde luego yo seré mi primera víctima (con suerte tú serás la última).
Dejo deslizar sutilmente una segunda intención cuando digo la palabra suerte. ¿Sabes a qué me refiero? ¿Has entendido alguna vez lo que te estaba diciendo? ¿Por qué asientes tanto? ¿Sabes de qué coño te estoy hablando?
Miro hacia la ventana que da al patio de luces. Una vecina se quita el sujetador sin echar las cortinas. Si yo tuviera ocho años y doscientas pelis porno menos, ahora mismo estaría haciéndome una paja.
Volvamos al principio: ¿A qué viene tanta sinceridad mal entendida? Sé perfectamente lo que esperas de mí, pero no caeré en el juego de quererte para siempre. Sólo te estaré esperando los años que hagan falta.
Me quedo sin razones para seguir adelante con la farsa del hombre más grande del mundo. Todas y cada una de mis palabras confirman tu teoría de lo bueno que es vivir sola. Espero que tu nuevo amante sepa apreciar ese detalle.
Ves, hasta cuando intento ser canalla, se me nota la necesidad de salvarte de nuevo del lobo feroz. Qué ojos más bonitos tienes.