20 de octubre de 2009

veinte

Buenas,

Hoy ha llovido tanto que hubo necesidad de ponerse las alas todoterreno. No era la típica tormenta que cae tras el arco iris, las gotas eran tan parecidas a mí que no me atrevería a afirmar que fuera yo el de detrás de la ventana.

La de cosas absurdas que se pueden inventar, como el plato convexo o las botas de montar a fregona. Hay veces que me imagino haciendo realidad todas esas metáforas, imágenes absurdas de un subconsciente aburrido, que bailan por entre mis cartas, y esta idea me divierte: como verme pegado a una pared de color carmesí o verte vestida como una campanilla con tacones.

Hay tantas cosas que deberían ser de otro modo que por mucho que me esfuerce nunca me acostumbraré a verme fichando en el panel de la monotonía. ¡Joder! Esta sí que es una frase profunda y no todas esas que se empeñan en decir los que se suben a los púlpitos. Yo me encuentro excesivamente cómodo en esta sombra que produce el reflejo de la pantalla.

Como ves sigo dando rodeos para decir todo aquello que no se me ocurre. Bueno, creo que, en definitiva, lo que quería decirte esta vez es que me gustaría que alguna vez te autoinvitases a mi cama, que entrases en mi alma derribando las puertas sin tocar el timbre.


Ves que sencillo es decir lo que pienso, no como esos segundos interminables que se sufren antes del te quiero. ¿Y tú qué piensas de todo esto? Y no hay respuesta, pues la mirada en la espalda no siempre significa fuego.

Continúo una vez más repitiéndote lo mismo. ¿Cuándo llegará el día en que, cara a cara, me dirás que desaparezca? Entonces seré el mejor Hudini que conoces, polvo seré entonces (más polvo…). No, entonces seré el rayo que te parte en dos, el dolor de muelas del adolescente, la bulba que palpita de herpes. Sí, te verás obligada a gritarme y a pegarme, a pedirme perdón para que pare y huyas, miedo seré entonces.

Bueno, ya me he sacado los demonios de la cabeza, ahora puedo decirte que te sigo queriendo y que a ver cuando te autoinvitas a mi cama.