Buenas.
Caminar por la calle últimamente no se me da muy bien, ya sabes, todo se puede condicionar. Hoy yendo por un barrio que ya ni recuerdo, cuando el desasosiego se apoderaba de mí, de repente una voz me ha sacado de tu mundo que me pudre. Una canguro sudamericana iba cantando por la calle. Correré el riesgo de parecer estúpido pero me inundo un calor casi irreconocible.
Ya no recuerdo la última vez que me descubrí cantando por la calle. Casi olvidé la melodía de aquella canción que nos acompañaba. Pero la vuelvo a cantar, y es lo más cerca que voy a poder estar de ti. ¡Qué ridiculo! ¿no?
Estoy dispuesto a aprenderme todas las canciones que salgan de tu boca, cada una de las notas que desafinadas me conducen a los sueños que devienen realidad.
El susto ya está en el cuerpo, ahora sólo queda recuperarse como quien sale de una operación de cataratas. Te encuentras de nuevo ante la imposibilidad de darle nombre a todo lo que eres capaz de ver.
Si supiera de veras que con todo esto consigo algo, no cesaría de escribirte las mil cartas que se me ocurren mandarte. Vale, es posible que en todas diga buenas y, en todas, las palabras al ordenarlas sugieran lo mismo. Me asombro yo mismo de mi capacidad para imitarme.
Sé que te estaba hablando de la niñera sudamericana que me hizo sonreír y de lo difícil que se me hace andar por la calle, pero se trata de decirte, ¿no?, que nunca me arrepentiré lo bastante de todo aquello que no hice bien y de todo lo que hice tan mal.
8 de junio de 2009
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