Buenas,
He decidido encerrarme en este trozo de papel e ir avanzando a golpe de tecla hacia un destino que tiene toda la pinta de ser más negro y decadente que el que juré ante tu cuerpo. Sólo me ilumina una bombilla de veinte vatios, ya apenas brillo más allá de mis gafas, y de fondo suena un grupo de pop que canta en español alguna canción que dispara lágrimas con metales, la nueva forma de matarnos como siempre.
Una tecla y paro otros diez minutos para contemplarme entero, desde lejos, con la distancia que me permite esta silla que sólo gira hacia la derecha. Es ese tipo de pausas que sólo sirven para que todo parezca aún más difícil que antes.
¿Qué es lo de antes? Y yo qué coño sé. Me gustaría pensar que lo de antes se pudiera borrar, que sólo hubiera que pulsar la palabra eliminar. Me gustaría también que lo de mañana fuera el resultado de lo de pasadomañana. Pero, bueno, ¿alguna vez se ha cumplido algo que yo haya pedido?
¿Por dónde andas? ¿De la mano de quién? No supe subirte a tiempo en el helicóptero que te tenía preparado, en el helicóptero que te permitiría ver con la suficiente distancia que me estaba apagando y que tú eras la única luz que ya me iluminaba. Ahora, a oscuras, tendré que arrastrar esta lampara de veinte vatios por si, sin querer, me pudieras ver.
El tipo de la canción me dice que todo se curará si duermo. No le creo. Pero bienvenido sea el sueño.
He dormido treinta años, ya sólo quedamos este folio y yo -todavía puedo recordarte-. Esta bombilla anda fundida, me entra una risa tonta. Caen lágrimas con metales de mi mejilla, debo de ser yo con la intención de olvidarte.
El tipo del grupo pop no dice nada más, alguien debió matarlo a la puerta de algún hotel, así que no volveré a dormir en la vida. Permaneceré con los ojos bien abiertos cuantos años hagan falta, hasta que te vea pasar por delante de la ventana que da al patio de luces.
No me hago ni puta gracia.
18 de mayo de 2009
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