Buenas,
Hay mucho ruido en los alrededores y sólo se me ocurre pensar en las mujeres que me odian. Esas mujeres que me supieron amar por lo que no era. El maldito grito ante el espejo que refleja rostros que rechazamos, por feos, por nuestros. Y el ruido me lleva a las mujeres que yo he odiado porque me supieron amar el tiempo suficiente. También me miraban como si les pudiera resolver todos sus problemas, como si fuera la aspirina que todo lo cura, como si tuviera la clave secreta que cierra la puerta que les separará del mundo.
Hay mucho ruido fuera y las mujeres que me odian me recuerdan a los hombres que son odiosos, a los machos que gruñen a las violetas por salir frente a sus casas. Sus gritos (una muestra más del ruido al que nos pretenden acostumbrar) ansían ocultar un vacío de pensamiento, un vacío falaz que oculta otro vacío más hondo. Los hombres que se odian, los hombres a los que odiar con un rifle en la mano, a los que apedrear con chinas, estos hombres (machos, ya he dicho) con su saliva pretenden conquistar el territorio inhóspito que no entienden, el territorio marcado con la cruz del respeto.
Estos hombres que gritan, a los que odiar de nuevo si es necesario, están solos. Los hombres que pueblan la soledad heredada de otros hombres solos que a su vez heredaron de los conquistadores de hembras como trofeos, saben que aprender resulta poco útil en un mundo de sombras que anhelan ser sol. Y yo encuentro cierto sentimiento de pena por todos estos hombres solos que caminan por los charcos buscando la compañía de una mujer-toalla que les sepa secar los pies que buscaron mojar. ¡¡Me recuerdan tanto a todos los hombres que he amado!!Los machos solos, que son hombres odiosos de mujeres que me odian, hacen un ruido tan sutil que probablemente ya te hayas acostumbrado a él. Hay tanto ruido alrededor que casi no puedo pensar en nada, tan sólo en las mujeres que sigo amando y que ya no me odian.
Hay mucho ruido en los alrededores y sólo se me ocurre pensar en las mujeres que me odian. Esas mujeres que me supieron amar por lo que no era. El maldito grito ante el espejo que refleja rostros que rechazamos, por feos, por nuestros. Y el ruido me lleva a las mujeres que yo he odiado porque me supieron amar el tiempo suficiente. También me miraban como si les pudiera resolver todos sus problemas, como si fuera la aspirina que todo lo cura, como si tuviera la clave secreta que cierra la puerta que les separará del mundo.
Hay mucho ruido fuera y las mujeres que me odian me recuerdan a los hombres que son odiosos, a los machos que gruñen a las violetas por salir frente a sus casas. Sus gritos (una muestra más del ruido al que nos pretenden acostumbrar) ansían ocultar un vacío de pensamiento, un vacío falaz que oculta otro vacío más hondo. Los hombres que se odian, los hombres a los que odiar con un rifle en la mano, a los que apedrear con chinas, estos hombres (machos, ya he dicho) con su saliva pretenden conquistar el territorio inhóspito que no entienden, el territorio marcado con la cruz del respeto.
Estos hombres que gritan, a los que odiar de nuevo si es necesario, están solos. Los hombres que pueblan la soledad heredada de otros hombres solos que a su vez heredaron de los conquistadores de hembras como trofeos, saben que aprender resulta poco útil en un mundo de sombras que anhelan ser sol. Y yo encuentro cierto sentimiento de pena por todos estos hombres solos que caminan por los charcos buscando la compañía de una mujer-toalla que les sepa secar los pies que buscaron mojar. ¡¡Me recuerdan tanto a todos los hombres que he amado!!Los machos solos, que son hombres odiosos de mujeres que me odian, hacen un ruido tan sutil que probablemente ya te hayas acostumbrado a él. Hay tanto ruido alrededor que casi no puedo pensar en nada, tan sólo en las mujeres que sigo amando y que ya no me odian.