11 de mayo de 2007

tres

Buenas,

Nunca me has preguntado si alguna vez me he enfrentado a la muerte. Nunca me has mirado a los ojos con miedo, como quien mira a un idiota con un fusil. Yo nunca te he clavado diez mil puñales por la espalda y, sí, a cada instante me enfrento a la muerte (mi compañera). Pero no lo vivo como un drama (antes o después todos tenemos que morir), vivo en un drama, eso es, me muero a cada instante y no sé si faltan cinco minutos o dos siglos.

Creo ser capaz de superar el traslado del tiempo, el avanzar del cuco. Pero no soy capaz de superar este sabor terrible en los labios, este sabor de estar muriendo y de que sólo te quedan dos días o cien años.

8 de mayo de 2007

dos

Buenas,

Reconozco haberme equivocado tanto, haber dicho tantas pamplinas, idioteces inútiles que acabaron por matarme. Me he visto actuando de manera opuesta a lo que puedes observar por la calle, desde el autobús, con prismáticos nocturnos. Reconozco ser capaz de hacerte todo el daño que no sabes soportar. Pero es que me resulta tan fácil equivocarme, errar, fallar aposta ante lo asumible. Y lo que resulta es que soy humano.

Un paso y otro, un esfuerzo sin recompensa, obligaciones inevitables. El ejemplo de sociedad caníbal anclado en un cuerpo de animal (o humano venido a más). Si pudieras mirar dentro de mí, dentro de todos esos hombres que me poseen, que me empujan hacia un barbecho que deviene autovía. Un lamento prescrito en la consulta del adivino. Mírame dentro, mira el ojo ajeno, la viga y la paja, la nube que amenaza descanso. Soy un umbral de cosas por variar. La historia se escribe a base de dolores fuertes de extrañeza.

Hoy creo haber mirado hacia el lado correcto. Olvidé aquello que me señalaba, pude hasta dejar de respirar por un momento. Reconozco que me he equivocado, he aprendido hace poco tiempo, y si pudiese lamentarlo lo haría. He escrito una palabra indecente (no te sabría decir con qué rima) en la puerta de otras casas. He estrujado mi cerebro contra la pared de los dioses-puta y, exacto, no han dicho ni amén. Me apetece reírme de todos. El espejo me insulta con lágrimas rojas, me detiene contra mi dejadez y aún así me señala con el dedo. ¡Tú serás mi imagen, gilipollas, hijo de puta, maldito ser real! Carezco de tantos conocimientos que me resulta imposible contestarle y callo. Eso sí se me da bien, callar palabras que no son mías. (Has visto al final he terminado con algo positivo, no veo el mundo tan negro como jura mi psiquiatra).