22 de agosto de 2007

seis

Buenas,

Aun llevo dentro de mí a ese que un día te dejó en el portal, aquel que miró al cielo mientras tú lo mirabas. Aun no he podido deshacerme de ese que no fue capaz de decir todo lo que tú sí fuiste capaz de decirle, aquel que no escuchó porque estaba muy ocupado en no decir nada (en no perder la partida). Me da asco mirarme cada mañana al espejo y cada mañana ver a ese individuo incapaz, castrado de voluntad, enclaustrado en su camisa de fuerzas (que es el mundo que no está en su contra).

Pero recuerdo aún mejor el miedo a girar sobre mis propios talones y comprobar que mirabas, que sabias perfectamente que no estaba allí, ni en ninguna otra parte. Que me juzgabas canalla y rastrero, y canalla y rastrero puse en tu frente un beso como despedida fácil, resolviendo tristemente así el largo camino que separa un adiós de un hasta siempre.

De espaldas y con pasos en los zapatos, se oía tu voz poniendo mi nombre en el asfalto, intentando sostener la cuerda que nunca nos separa. Y, después, el gesto que pide un abrazo, o la falta de otro adiós menos hirviente. Concedo, cobarde, al cotidiano pero-en-el-fondo-no-pasa-nada que se abra paso poniendo banderas en cumbres ya descubiertas. Es entonces cuando puedo prometer cualquier cosa y cualquier cosa es cierta, pero no se cumple (cierto, pero falso). Y empujo hacia tu lado la pelota que nunca atraviesa tu campo.

Si dentro está el canalla, más dentro aun esta el otro canalla que ni siquiera te mira, ni te promete, ni puede llegar a tenerte en cuenta cuando hablas. Para él sí que eres nada, menos incluso. Muerte entonces para mí y para esos que llevo conmigo, muerte para todos antes de que se revelen prometiendo cosas que sí cumplan, sumiendo a todos en un eterno suspiro que diga algo.

No hay comentarios.: